Por María Ducos

Charlamos con aquel señor que hizo de la acción social su estilo de vida. En esta nota, una radiografía del creador de Red Solidaria.

 

“Tengo muchos pecados que no voy a revelar en esta entrevista”. Así comenzó el encuentro con el creador de Red Solidaria en Vicente López. Lejos de mostrarse cerrado y apático, el activista social que ya es un símbolo en la Argentina, dejó traslucir muchos rasgos de su personalidad que generan un interesante contraste con el prototipo que se tiene de él. Le gusta mostrar lo que hace, dice que no es humilde, que bajó 7 kilos y que es fanático de Platense.

Sin duda, la educación que uno recibe de sus padres puede generar dos actitudes: ser el puntapié inicial para revelarse de su tradición familiar o, como una esponja, absorber esos valores y con ellos empezar a transformar un pedacito de la realidad. Por suerte se inclinó por lo segundo. La camisa color arena con las insignias bordadas sobre el bolsillo derecho y el pañuelo en el cuello hicieron de los campamentos organizados por los Boy Scouts, una marca indeleble. Acá se mostraron los primeros anhelos de solidaridad.

A los 18 años quería afiliarse a un partido político, donar sangre e ir a misionar. Pero, como todo en él, su ímpetu era más voraz que sus posibilidades. Antes de todo eso debía decidirse por una carrera, una profesión que lo identificara. Ingresó a la facultad de veterinaria, y por primera vez, sintió que estaba aportando algo a este país tan rico, tan inmenso. Empezó a hacer patria desde temprano.

Después de ganarle con la frente en alto a un cáncer se casó con María Alemán. “María y yo tenemos una mirada social, y buscamos la manera de hacer algo por la comunidad sin dejar de lado la vida cotidiana”. Con mucho esmero, un par de amigos, dos veterinarias en funcionamiento y cuatro hijos bajo su protección, empezó a dedicar algunas horas por semana a pensar un modelo que sirviera para hacer algo por los demás. Surgió Red Solidaria, un mecanismo que brinda respuesta a numerosas situaciones y necesidades en el ámbito social.

“Es muy tentador contar una historia que arrancó a partir de una tragedia, de un dolor, pero en realidad esta historia nació como agradecimiento de las posibilidades que tuvimos; a partir de esa alegría, sentimos un dolor ético-moral de hacer algo por la comunidad” relata Carr orgulloso de estar hace 19 años al frente de este centro que nuclea tantas soluciones.

En nuestro país se viven situaciones durísimas y desesperantes todos los días, pero la capacidad de dar de este pueblo es conmovedora. “Es tremendo que se vuele el techo de la mujer de enfrente y que, en cuestión de horas, tengamos chapas para un barrio entero. Estoy abarrotado de generosidad” nos cuenta. En Red Solidaria no trabaja nadie, ni tampoco nadie vive de ella. No tiene personería jurídica, es simplemente el nexo entre una necesidad apremiante y la respuesta de la sociedad desprendida frente a tanto sufrimiento.

En el Club del Automóvil de Vicente López la hora del almuerzo no pasa desapercibida. Juan come tomate con la mano de la ensaladera y atiende unos llamados mientras la fotógrafa trata de encontrar el mejor retrato del hombre que se convirtió en el ícono de la solidaridad. Toma el huevo duro de su plato y se come la clara, dejando la yema a un lado. Es inquieto, y sus palabras suenan alborotadas, como si se le acabara el tiempo y en cuestión de segundos tuviera que dejar zanjada la pasión por lo que hace.

Vuelve a enfocarse en la conversación. Desde sus primeros años en la Universidad de Buenos Aires, tiene una máxima que se niega a dejar inconclusa: porcentaje de hambre cero. Esta es su obsesión y parte del legado que quiere dejar “antes de irse al Cielo”.

Actualmente trabaja en Mundo Invisible, una agencia de comunicación que creó hace tres años y que aspira a ser la “prensa de los pobres”. Asegura que cuando empezó con sus labores solidarias, la comunicación no era una prioridad. Ahora se desdice: “La comunicación y el mundo social son dos factores que deben aliarse para conseguir darle voz a los 164 millones de pobres en América Latina” nos cuenta.

Mientras da clases de biología y química en colegios y en la Facultad de Agronomía de la UBA, está moviendo todas sus redes para encontrar una chica perdida en San Fernando y para conseguir dadores de sangre para el Hospital Italiano. En este ajetreo encuentra su felicidad.

Juan Carr es un tipo normal. Juega al fútbol con sus hijos y va a la cancha de Platense cuando puede. Evidentemente, sí, tiene unas convicciones y una voluntad que no pertenecen al común denominador de los mortales. “Si para cambiar el mundo hace falta plata estamos equivocados. La plata se necesita para cambiar el auto, el mundo se cambia con compromiso, aunque sea más fácil recaudar plata que compromiso”.

Ese es el razonamiento del hombre que está convencido de que el cambio es posible, de que tenemos mucho para dar y de que la apuesta está en los jóvenes que, sin resentimiento por su pasado y a las puertas de torcer la historia, pueden transformar la indiferencia y el dolor en ayuda y amor hacia los demás, y así construir un futuro distinto.